miércoles, 29 de agosto de 2018

130 horas retenidos en un banco: el caso que dio origen al síndrome de Estocolmo



Seguramente has escuchado alguna vez el término “síndrome de Estocolmo”. Con ello se trata de describir un estado psicológico donde personas secuestradas pasan del miedo y el odio a la simpatía o incluso el amor por sus captores. El término lo acuñó el psiquiatra Nils Bejerot por un caso que tuvo lugar hace 45 años.

Todo comenzó como un robo a un banco donde se tomaron rehenes. Sin embargo, a diferencia de otras situaciones parecidas, los rehenes no tenían miedo hacia los captores.

De hecho, fue todo lo contrario. En realidad, los rehenes parecían haber desarrollado sentimientos positivos hacia sus captores, desconcertando a casi todos los agentes de la ley y practicantes de psiquiatría en el mundo entero.

El robo

Los cuatro rehenes (Stockholm Police)

Era la mañana del 23 de agosto de 1973. Jan-Erik Olsson, un preso fugado, se cruzó las calles de la capital sueca y entró en un banco, el Sveriges Kreditbanken, en la exclusiva plaza de Norrmalmstorg de Estocolmo.

Olsson esperó unos segundos, observó a todo el mundo dentro del banco, y se sacó de debajo de la chaqueta una ametralladora cargada. El hombre disparó al techo y, disfrazando su voz para que pareciera la de un estadounidense, gritó en inglés: “¡La fiesta acaba de comenzar!”

Rápidamente, uno de los trabajadores del banco activó una alarma silenciosa. Dos policías se presentaron e intentaron que Olsson se rindiera. El ladrón disparó a uno de los policías, impactando la bala en la mano derecha. Al segundo lo obligó a sentarse en una silla y le dijo: “canta algo, lo que sea, pero que te oiga”. Así, mientras el policía ileso cantaba, Olsson tomó a cuatro trabajadores del establecimiento y los condujo a una cámara de seguridad del banco.

El banco (Wikimedia Commons)

Olsson tenía claro que no regresaría a la cárcel. Había pasado mucho tiempo entre rejas después de una sentencia por hurto mayor. El hombre exigió más de 700.000 dólares en moneda sueca y extranjera, dos armas, chalecos antibalas, cascos y un coche rápido para escapar junto a la liberación de su amigo Clark Olofsson, quien estaba cumpliendo condena por robo a mano armada y actuar como ayudante en el asesinato de un oficial de policía en 1966.

En cuestión de horas, la policía entregó al compañero convicto de Olsson, el rescate e incluso le ofreció un Ford Mustang azul con un tanque lleno de gasolina. Sin embargo, las autoridades rechazaron la demanda del criminal de huir con los rehenes para garantizar el paso seguro.

Bajo este escenario, los periódicos no tardaron en llegar a la escena. El drama que estaba teniendo lugar en directo capturó los titulares de todo el mundo y se emitía en directo en las pantallas de televisión de toda Suecia.

Vintag

El público, por primera vez en la historia, se hizo partícipe del secuestro. La gente inundó la sede de la policía con todo tipo de sugerencias para poner fin al enfrentamiento, ideas que abarcaban desde un concierto de canciones religiosas hasta el envío de un enjambre de abejas para hostigar a los secuestradores.

Sin embargo, el tiempo comenzó a pasar sin que nada ocurriera. El mundo miraba horrorizado a través de docenas de equipos de televisión que acampaban fuera del banco.

Dentro, encerrados de la pequeña cámara, los rehenes forjaron en muy poco tiempo un extraño vínculo con sus secuestradores. Por ejemplo, Olsson colocó una chaqueta de lana sobre los hombros de la rehén Kristin Enmark cuando esta comenzó a temblar, o la tranquilizó cuando tuvo un mal sueño (incluso le dio una bala de su arma como recuerdo).
Vintag

El criminal también consoló a la cautiva Birgitta Lundblad cuando esta no pudo contactar con su familia por teléfono. Olson le llegó a decir: “Inténtalo de nuevo; no te des por vencida”.

Cuando la rehén Elisabeth Oldgren se quejó de claustrofobia, el secuestrador le permitió caminar fuera de la cámara sujeta a una cuerda de unos metros, y quizás lo más sorprendente, Oldgren le llegó a decir al New Yorker un año después que, aunque con una cuerda, “recuerdo haber pensado que era muy amable por permitirme salir de la cámara”. “Cuando nos trató bien”, dijo el rehén Sven Safstrom, “podríamos pensar en él como un Dios de un estado de emergencia”.

Más de 48 horas después de comenzar el asalto al banco, los rehenes parecían haber forjado una relación con sus captores y empezaron a temer más a la policía que a sus secuestradores. Cuando a la policía se le permitió entrar para inspeccionar la salud de los rehenes, notaron que estos parecían hostiles con las fuerzas de seguridad, aunque relajados y joviales con los criminales. De hecho, el jefe de policía dijo a la prensa que dudaba que Olson y Olofsson dañarían a los rehenes porque había desarrollado una “cierta relación”.

Se acaba el secuestro (EGAN-Polisen)

Al día siguiente, la rehén Kristin Enmark llegó a telefonear al primer ministro sueco, Olof Palme, y le suplicó que permitiera que los ladrones la llevaran con ellos en el cohe de huida. Según dijo la joven:
Confío plenamente en Clark y su compañero. No estoy desesperada. No nos han hecho nada. Por el contrario, han sido muy amables. Olof, lo que me da miedo es que la policía ataque y provoque nuestra muerte.
Un tiempo después se supo que incluso cuando los secuestradores los amenazaron con daño físico, los rehenes todavía vieron compasión en ellos. Sin embargo, los convictos jamás causaron daño físico a los rehenes, y en la noche del 28 de agosto, después de más de 130 horas recluidos en la cámara, la policía lanzó gas lacrimógeno y los secuestradores se rindieron.

Las autoridades pidieron que los rehenes salieran primero, pero los cuatro cautivos, que protegieron a sus secuestradores hasta el final, se negaron a ello. Tal y como relataron los medios, Enmark gritó: “No, Jan y Clark van primero, ¡los dispararán si lo hacemos!”

La escena tuvo su momento más peliculero unos segundos antes del desenlace, cuando en la entrada de la cámara los convictos y los rehenes se abrazaron, se besaron y se dieron la mano. Cuando la policía se apoderó de los hombres armados, dos rehenes gritaron: “No les hagan daño, no nos hicieron daño alguno”. Mientras Enmark salía en una camilla, se le pudo escuchar gritar a Olofsson, ya esposado: “Clark, te veré de nuevo”.

El síndrome de Estocolmo

Flickr

Este apego aparentemente irracional de los rehenes a sus captores dejó perplejos al público y a la policía, que incluso investigaron si Enmark había planeado el robo con los criminales. No solo la policía, el propio Olson estaba confundido.

Al día siguiente de su liberación, Oldgren le llegó a preguntar a un psiquiatra: “¿Hay algo malo en mí? ¿Por qué no los odio?” Los psiquiatras compararon el comportamiento con el trauma de guerra exhibido por los soldados y explicaron que los rehenes se sentían emocionalmente endeudados con sus secuestradores, y no con la policía, por haberse salvado de la muerte.

Pocos meses después de lo ocurrido, los psiquiatras acuñaron el extraño fenómeno como “Síndrome de Estocolmo”, el cual se convirtió en parte del léxico popular en 1974, cuando se utilizó como defensa de la heredera del periódico secuestrada Patty Hearst, quien ayudó a sus captores en una serie de robos a bancos.

Incluso después de que Olofsson y Olsson regresaron a prisión, los rehenes les visitaron en la cárcel. Finalmente, un tribunal de apelaciones anuló la condena de Olofsson, pero Olsson pasó años tras las rejas antes de ser liberado en 1980.

Una vez liberado, se casó con una de las muchas mujeres que le enviaron cartas de admiración mientras estaba encarcelado. Se mudó a Tailandia y en 2009 publicó su autobiografía. ¿Adivinan cómo se llamó?

Sí, Síndrome de Estocolmo.

Via: es.gizmodo.com

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