miércoles, 6 de diciembre de 2017

El origen de… el código de barras



Las filas en las cajas de los supermercados están probablemente en el podio de los momentos más odiables del mes (o quincena, o semana, o día). Pero siempre solemos olvidarnos de que hace 20 o 30 años cada producto tenía pegado su precio y eran las propias cajeras las que tenían que introducir en la máquina registradora el valor de cada uno de los cientos de productos que llevábamos. Ahí sí que la espera en la cola podía ser eterna.

Pero desde entonces existe el código de barras y ya al menos tienes cierta certeza de que si vas a llevar una caja de helados para ver el final de la telenovela, éste no llegará derretido ni te perderás el dichoso capítulo.

Pero seguramente en algún momento te preguntaste de dónde salió esa serie de rayitas negras que está presente en cualquier producto (y también cuál es el real papel que tuvo IBM en todo esto).

Acá revisamos entonces la historia del código de barras:

La inquietud nace desde la propia gente que administra supermercados. Más que por los clientes, por mantener registro de sus inventarios. Con el paso del tiempo, las estanterías fueron aumentando y ya se hacía imperioso algo que simplificara los procesos y no tener que cerrar sus puertas un día entero para ver cuántas latas, paquetes y bolsas de cada producto iban quedando.

El primer acercamiento fueron las tarjetas perforadas que se utilizaron por primera vez en el censo estadounidense de 1890, y no fue hasta 1932 que un estudiante de negocios llamado Wallace Flint hizo su tesis de master donde imaginaba una tarjeta donde los clientes perforaban sus elecciones de compra que luego ingresarían en un lector en la caja para luego ir llegando por una cinta transportadora y mantener registro. Lamentablemente la idea era demasiado aparatosa y no era económicamente viable, menos en medio de la Gran Depresión.

El factor Silver-Woodland

En 1948, el estudiante de posgrado Bernard Silver escuchó en Filadelfia al dueño de una cadena de alimentos sobre su necesidad de capturar la información de los productos de manera automática en las cajas. Se la comentó a su amigo Norman Joseph Woodland y se fascinaron con el desafío y desarrollaron un sistema de patrones de tinta detectables bajo luz ultravioleta, pero no prosperó.

Woodland continuó solo y tras varios meses de trabajo, logró un código de barras lineales, basado en el código Morse y las bandas sonoras de películas. Extendió los puntos y rayas para hacer barras delgadas y gruesas, y para leer la información utilizó el sistema de sonido de Lee de Forest, que imprimía un patrón de grados de transparencia variable en el borde de la película y a través de un tubo. Luego, con luz convertía los cambios de brillo en ondas y éstas en sonido.

Código de círculos concéntricos

Aquí comenzó el proceso de patentado y resolvió cambiar las barras por círculos concéntricos para que pudieran ser leídos en cualquier posición. Paralelamente, Silver había seguido con su investigación y juntos presentaron una solicitud de patente el 20 de octubre de 1949, para ambos patrones (circular y lineal) y bajo el nombre de “Aparato y método de clasificación”.

La patente estadounidense fue otorgada el 7 de octubre de 1952 (con el código 2.612.994) y para entonces Woodland había entrado a trabajar en IBM y les intentó convencer reiteradamente de producir el sistema. La compañía lo estudió y lo encontró interesante y viable, pero dijo que aún no se contaba con los equipos para procesar los resultados. Así, fue Philco quien en definitiva adquirió la patente y se la vendió el mismo año a RCA.

Lamentablemente, Silver murió en un accidente de tránsito en 1963 y no pudo observar el posterior éxito de su trabajo.

Collins y los ferrocarriles

Durante los ’50, David Collins estudiaba en el MIT y trabajó en ferroviaria Pennsylvania Railroad y entendió la necesidad de rotular e identificar los vagones de manera automática. Al terminar su master entró a trabajar a GTE Sylvania y desarrolló el KarTrak; un sistema de franjas refractivas por el costado de los vagones que codificaba un número identificador de diez dígitos. El sistema fue probado en Boston y Maine entre 1961 y 1967, pero cuando consiguió convertirse en el estándar para todo el país, la crisis económica generó una oleada de quiebras a inicios de los ’70 y finalmente desechó el formato a fines de la misma década, ya que más encima había problemas de lectura al cubrirse con tierra. Así, fracasó la relación ferroviaria.

Por estos días, Collins había renunciado a Sylvania para crear Computer Identics Corporation, que implementó láseres de helio-neón (en lugar de ampolletas) y espejos para ubicar el código de barras en cualquier punto y a distancia considerable del escáner. Esto hizo el sistema mucho más simple y confiable, además que permitía leer códigos dañados si había partes aún buenas.

Computer Identics instaló con éxito su sistema durante el segundo semestre de 1969 en una fábrica de General Motors de Michigan y en un centro de distribución de General Trading Company en Nueva Jersey.

IBM le gana el “quién vive” a RCA
Con los derechos de la patente en sus manos, RCA fue convocada en 1966 a una reunión de la Asociación Nacional de Cadenas de Comida (NAFC) ante la necesidad de implementar un sistema automatizado de caja. La compañía de electrodomésticos comenzó a trabajar en un proyecto interno basado en el código de círculos de Woodland y la cadena de supermercados Kroger se ofreció para probarlo.

A mediados de 1970, la NAFC creó un comité para definir los lineamientos del desarrollo del código y estandarizarlo. Establecieron uno de 11 dígitos y abrieron una licitación para desarrollar el sistema de impresión y lectura de códigos. Entre las convocadas estaban RCA e IBM.


En 1971, RCA realizó una demostración de su código circular en una reunión de la industria y había ejecutivos de IBM presentes y comenzaron a desarrollar su propio sistema en instalaciones creadas en Carolina del Norte especialmente para esta carrera. A mediados del año siguiente, RCA inició sus pruebas en Kroger (con autoadhesivos pegados uno por uno en los productos), pero sufrieron graves problemas de impresión por la forma redondeada, mientras que el lineal que estaba trabajando Woodland en IBM se hizo mucho más sencillo de imprimir y en 1973 la NAFC lo seleccionó como su estándar, ofreciendo cinco versiones distintas para las diferentes necesidades de la industria (UPC A, B, C, D y E). Las pruebas se realizaron en un supermercado Marsh de Ohio (cercano a la fábrica dispuesta por IBM para el producto) y el 26 de junio de 1974 a las 8:01 de la mañana, un tal Clyde Dawson llevó un paquete de goma de mascar Wrigley’s que fue escaneado por la cajera Sharon Buchanan. El paquete y la boleta hoy están en el Smithsonian como recuerdo de la primera aparición del Código Universal de Productos.

Pero a partir de entonces, tampoco fue sencilla su implementación definitiva. El ahorro proyectado por la industria para mediados de la década era de US$40 millones, pero la meta no se cumplió y comenzaron las dudas sobre su utilidad. En 1977 eran menos de 200 almacenes los que habían instaurado los escáneres (principalmente por su alto costo).

Por fortuna, en los locales donde se implementó el sistema se evidenciaron beneficios adicionales, como una mejor respuesta a las necesidades de los clientes. Las ventas comenzaron a aumentar rápido y los costos operacionales también disminuyeron y los ingresos se dispararon en más de un 40%. Así, para 1980 eran 8.000 los establecimientos que adoptaban anualmente el código.

Y así comenzó a masificarse a pasos agigantados hasta los que vemos hoy, donde todo producto viene con su código. Pese a ello (y por si les interesa) Woodland nunca se hizo millonario por su creación que modernizó las compras a nivel mundial. Sí -al menos- recibió el reconocimiento del presidente Bush en 1992 con la Medalla Nacional de Tecnología. Algo es algo.

Con información de fayerwayer.com

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